Es una creencia muy extendida que los cementerios "huelen a muerto". La realidad es la contraria: no huelen, y hay razones bien sencillas para ello.
Lo explicamos con calma, porque entenderlo disipa un miedo bastante común.
El enterramiento ralentiza el proceso
Bajo tierra o dentro de un nicho, la temperatura es más baja, no hay luz y el oxígeno es limitado. Esas condiciones frenan mucho la actividad de las bacterias.
Y son precisamente esas bacterias las que generan los gases y olores; si su actividad se ralentiza, el olor apenas se produce.
El sellado y los materiales ayudan
El ataúd y el cierre del nicho o la tumba contienen el proceso y evitan que cualquier olor salga al exterior.
Además, en muchos casos se ha aplicado una conservación previa que retrasa aún más la descomposición.
¿Y si algún cementerio huele?
Cuando se percibe algún olor, casi nunca viene de los cuerpos, sino de restos orgánicos en superficie: flores marchitas, agua estancada o falta de limpieza.
Un mantenimiento adecuado del recinto resuelve esos casos sin problema.
Un miedo sin fundamento
Visitar a un ser querido al cementerio es, por tanto, perfectamente tranquilo y seguro: las condiciones del enterramiento hacen el resto.
Si te interesa el proceso en sí, lo cuentas en la descomposición de un cadáver en un nicho.